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Madrid años cincuenta

La imagen es una foto de ibytes.es, bajo licencia Creative Commons. La imagen es una foto de ibytes.es, bajo licencia Creative Commons.

Artículo publicado el 22 de julio de 2013 en Diario Progresista.

Cuando nací no tenía edad suficiente para darme cuenta de lo que me rodeaba. Luego me lo contaron, lo leí y algunas cosas reviví. De aquello hoy, precisamente, se cumplen sesenta y cuatro años. Tal y como están las cosas tengo que felicitarme; sesenta y cuatro años viviendo, que se dice pronto. ¡En dos siglos he vivido! Finalizaban los cuarenta tristes y miserables de la posguerra, daban comienzo los cincuenta, tan austeros como aquellos, que dieron paso a los del desarrollo y el «600».

Parece que fue ayer. Madrid —millón y medio de habitantes—, al alba de un día de julio, con restricciones eléctricas, calor de verano y doña Enriqueta ayudando a mi madre a sacar la cabeza —la mía— e ir tirando. Desde entonces ha ocurrido casi de todo lo que puede ocurrir en una vida. Hacía tan solo diez años que había terminado la guerra civil y se dejaba sentir la gran represión política y social y la recesión económica que dejó como herencia; y cuatro años hacía del fin de la Segunda Guerra Mundial, que había dejado en el camino sesenta millones de muertos.

La Conferencia de Postdam en 1945, había condenado enérgicamente la política de Franco, que sumió a España en un completo aislamiento diplomático, que no le permitió beneficiarse del Plan Marshall, cuyos millones de dólares favoreció la reconstrucción de los países europeos, contendientes en la guerra mundial. Hasta 1952, España no empezó a recuperar los niveles de vida que tuvo en 1935. Eran años del hambre, del estraperlo, de la escasez de los productos más necesarios, del racionamiento, de las enfermedades, de la falta de agua, de las restricciones eléctricas, del empeoramiento de las condiciones laborales, del frío y los sabañones. Y las cárceles abarrotadas de presos políticos.

Desde el principio, fui titular de una cartilla de racionamiento, privilegio que me aportaba semanalmente: cuarto litro de aceite, cien gramos de azúcar, doscientos de jabón, un frasco de leche condensada y cien gramos de tocino. Dieta ideal, que se completaba con la teta de la señora Matilde; una vecina del bajo que acababa de parir a Manolito, quien fue mi amigo y desde entonces hermano de leche.

En casa siempre se escuchaba música a través de la radio. Especialmente la emisora «EAJ2 Radio España de Madrid», Radio Madrid o ¡Radio Intercontinental, Madrid! Coplas y más coplas en mis recuerdos: «el cordón de mi corpiño», «la Zarzamora», «torre de arena» «la bien pagá», «Campanera», «el emigrante», «vino amargo», «adiós España querida», «ay pena, penita», «Antonio Vargas Heredia» y tantas otras inmortales de los maestros Quintero, León y Quiroga; y dos veces al día, «la generala», llamando al parte informativo de Radio Nacional, más tarde llegaría «la Pirenaica».

Se inauguró la I Feria Nacional del Campo, algo así como una «Expo» de andar por casa. Pabellones de todas las regiones, exposiciones de ganado, productos de la tierra, folclore y muchos bailes regionales. Fui con mi padre, por lo que yo tendría menos de ocho años. Recuerdo haber paseado con él por la Gran Vía madrileña, y viajado en los autobuses de dos pisos. Entré por primera vez en una sala de fiestas «Teyma», que estaba en los bajos del Palacio de la Prensa en Callao, donde mi padre era maître, «la sala castiza de Madrid, con tres orquestas y grandes atracciones», pero no vi a las coristas. Un año después, una mañana, con mi madre, vestida de negro luto, recorrí la pista de baile, camino de la oficina del jefe, para arreglar los papeles de su viudedad.

Por cierto, vivo en la misma casa en la que nací. Una calle en los arrabales del barrio de Salamanca, detrás de lo que fue la Plaza de Toros hasta los años treinta, donde murió el torero Granero, por una cornada en el ojo, que le dio el toro «Pocapena del Duque de Veragüa». Jugábamos en la explanada de tierra pisada donde estuvo —la llamábamos de forma original «la plaza»—. Era fiesta, cuando instalaban la verbena, el «Circo Americano» o el espectáculo que acompañaba a la «vuelta ciclista a España». Luego construyeron el Palacio de los Deportes.

A principios de los años 50 habían proliferado los barrios de chavolas, por la llegada de andaluces, extremeños y manchegos, que huyendo de la miseria buscaban trabajo; y por los rojos represaliados que no tenían sitio en el Madrid oficial. Pozo del Tío Raimundo, Palomeras, Entrevías, «la ciudad sin ley» en La Elipa baja y en el «Arroyo Abroñigal», de ponzoñosas aguas que desemboca en el Manzanares. Recuerdo visitar con mi madre a mi tío Pepe. Vivía con su mujer y cinco hijos en las cuevas horadadas en la tierra junto a Las Ventas del Espíritu Santo. La miseria se vivía, se veía, se sentía y se sufría.

Mis primeros años de vida se desarrollaron en un corto espacio de lugar: al norte, el Parque de la Perona (dedicado Eva Duarte de Perón); al sur, las vías del tren de Arganda (cuando el viento traía el sonido del pito del tren, es que iba a llover); al este, mi colegio, la Fuente del Berro, las cuevas y el cementerio de la Almudena; y al oeste el Madrid inmenso y entrañable. Y cines a porrillo, al que íbamos los jueves por la tarde, a siete pesetas la entrada. Mi calle era popular como ninguna. Vivía Lola Flores, los Tres de Castilla, ciclistas y boxeadores, actores, cantantes, toreros y Jesús Gil, en su taller, el que dijera que es más fácil salir de la cárcel que de pobre; y tenía razón.

Mi primer colegio estaba en un sótano iluminado por ventanucas en lo alto. No recuerdo lo que hacíamos, pero si el nombre de la señorita Balvina, dueña y maestra. Tampoco recuerdo lo que aprendí en el colegio cercano al Parque de la Quinta de la Fuente del Berro (inaugurado por entonces), lo llevaban monjitas, era mixto, pero separados. El siguiente colegio fue el de Don Pedro, un piso en la calle Ayala. Era habitual encontrar colegios en pisos. Mi hermana Pilar estuvo un año en otro, en el que el maestro era un señor inválido, que impartía las clases desde la cama. Era un maestro republicano represaliado y que se ganaba la vida haciendo lo que sabía hacer: enseñar.

La comunión la hice en la Iglesia de la Paz en Doctor Esquerdo y la confirmación en la iglesia de Covadonga, donde me habían bautizado; en la plaza de Manuel Becerra, llamada popularmente la «plaza de la alegría», donde los muerto recibían el último responso, camino del cementerio. Desde hace algún tiempo, no he sido capaz de que inscriban en sus registros mi apostasía, por ateismo convencido. Ellos verán.

Al siguiente año de morir mi padre —yo tenía ocho años —, ingresé en el colegio Santa Ana y San Rafael, de los marianistas, filial de El Pilar, pero para los niños pobres y con pocos recursos del barrio. No pagábamos nada y nos daban los libros. De aquí salí, con los estudios primarios, con 14 años cumplidos, directamente a trabajar de botones en una oficina —350 pesetas al mes, lo que son 2,10 euros de nuestra época—. Había terminado mi infancia. Lo que sigue, es otra parte de la misma historia, que contaré.

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