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«Jarabo», un asesino del Régimen

La imagen es una foto de ibytes.es, bajo licencia Creative Commons. La imagen es una foto de ibytes.es, bajo licencia Creative Commons.

Madrid ya no es lo que era. En mis tiempos de niño, allá por los años cincuenta, cuando se cometía un crimen, por mínimo que fuera, quiero decir, que no tuviera más trascendencia de la necesaria, incluso cuando no tenía ninguna, salvo para el asesinado, Madrid se conmocionaba. Había tiradas especiales de los periódicos matutinos —ABC, Ya o la Hoja del Lunes— y hasta de los vespertinos —Madrid, Informaciones o Pueblo—. Hoy recordamos a Jarabo; un asesino del Régimen.

Siguiendo con los recuerdos, sobre crímenes ocurridos en Madrid, en lugares frecuentados por mi, hoy hablamos del «caso Morris» o «caso de los cuatro asesinatos»; el «crimen de Jarabo». Los acontecimientos ocurrieron en mi barrio, en las calles Lope de Rueda y Alcalde Sainz de Baranda. Fue en el verano de 1958, cuando José María Jarabo Pérez-Morris, de 35 años, cometió un cuádruple asesinato, dejando a Madrid horrorizada por tamaño crimen. Pero si el crimen fue atroz —cuatro muertes a sangre fría, dos hombres y dos mujeres, una de ellas embarazada—, el asesino era de postín, de buena familia, alumno del colegio de El Pilar, todo un señor, elegante y recriado en Estados Unidos. Era sobrino del entonces presidente del Tribunal Supremo, Francisco Ruiz Jarabo, después ministro de justicia de Franco.

Frente al número 19 de Sainz de Baranda, uno de los lugares del crimen, vivía mi compañero de colegio Emilio. Mirábamos la tienda de compraventa «Jusfer» e imaginábamos haber sido testigos presenciales. El día 21 de julio, un día antes de mi cumpleaños, al dueño de la tienda, Félix López, le habían dado muerte dos balazos. En la cercana calle Lope de Rueda 57, fueron encontrados tres cadáveres: Emilio Fernández, socio del anterior, su esposa, María de los Desamparados Alonso, muertos a tiros y Paulina Ramos, la sirvienta, de una puñalada en el corazón.

Jarabo era un auténtico galán de película, con buena pinta, buenos traje, dinero y cuando no, lo aparentaba. Alternaba en el Madrid de los cincuenta como un auténtico potentado. En Nueva York, había sido condenado a cuatro años por tráfico de drogas y pornografía. Tras cumplir la condena se afincó en Madrid con dinero de mama y vivencias del mundo de la droga, la prostitución y el hampa, se convirtió en el rey de la noche.

Los hechos probados, según sentencia del Tribunal Supremo fueron más o menos los siguientes: En el verano de 1958, la ciudadana inglesa Beryl Martin Jones —casada y amante de José María—, le pide que le devuelva el brillante, obsequio de su marido, que le había entregado para su empeño. La joya estaba valorada en cuarenta mil duros y Jarabo había obtenido cuatro mil pesetas. Existía una carta con detalles personales que ponían de manifiesto la relación adúltera entre ambos, que también quería recuperar.

Jarabo que no tenía dinero para recuperar la misiva y lo empeñado en «Jusfer», trama un plan macabro. El 19 de julio, fue al domicilio de Emilio, en Lope de Rueda. En un descuido del sereno se cuela en el portal. Abrió el ascensor con los codos para no dejar huellas. Paulina, la criada, le abre la puerta de la casa, está sola y le acompaña al salón. José María, que ha premeditado todo y no quiere dejar testigos, la sigue a la cocina, golpeándola con una plancha en la cabeza. La muchacha trata de defenderse sin conseguirlo; un chuchillo de cocina le parte el corazón. A continuación llega Emilio, y Jarabo, escondido, le dispara en la nuca.

Amparo, la esposa de Emilio, llega a casa más tarde y se encuentra con Jarabo, que se hace pasar por inspector de Hacienda. La simpatía y labia del asesino intenta calmar a la señora, extrañada de no encontrar a Emilio y Paulina. Se da cuenta de que algo pasa y huye, Jarabo la atrapa en su dormitorio y sin mediar palabra le dispara en la cabeza, produciéndole la muerte en el acto. Amparo estaba embarazada.

En la vivienda no encontró rastro, ni la carta ni la joya que Jarabo quería recuperar. Se cambió la camisa ensangrentada y preparó una escena para que diera la impresión de crimen sexual. Pasó la noche en la casa al estar el portal cerrado, la mañana siguiente en el cine Carretas y la tarde en la pensión de la calle Escosura donde vivía.

El lunes 21, muy temprano, Jarabo fue a por Félix López en la tienda de Sainz de Baranda. Entra con la llave robada en la casa del socio y espera su llegada. Sin darle tiempo a reacción alguna, le disparó dos tiros en la nuca. Jarabo registró la tienda sin encontrar la joya ni la carta y se apodera de varios objetos. Lleva el traje ensangrentado a una tintorería de su confianza, «Julcán», en la calle Orense. Para justificar la sangre, se inventa una pelea con unos americanos de la base de «Torrejón». En Chicote toma unas copas y pasa la noche con dos prostitutas.

Se habían descubierto los cadáveres y el dueño de la tintorería había avisado a la policía, extrañado de tanta sangre en el traje. Al ir a recogerlo, el martes por la mañana, Jarabo fue detenido por la policía. En la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, con desparpajo y sangre fría, pidió que le subieran comida del restaurante Lhardy —para todos—, una botella de coñac francés y una inyección de morfina. Manifestó que los prestamistas le habían chantajeado: «Yo no quise matar, pero no tuve más remedio», dijo. Le exigían una autorización de la dueña para recuperar la carta y la joya —ella ya había regresado a Inglaterra—, subieron el precio de la prenda, amenazándole con enviar la carta al marido, si no cumplía.

«Otro gran servicio de la policía. José Jarabo Pérez se confiesa autor del cuádruple asesinato cometido recientemente en Madrid». Así titulaba La Vanguardia la información el 8 de agosto de 1958. Jarabo fue condenado a cuatro penas de muerte, aunque solo pudo ejecutarse una. Todo parecía que serían conmutadas, por ser quien era el asesino, pero Franco, avisando a navegantes, se dio por enterado. El 4 de julio de 1959, en el patio de la cárcel de Carabanchel, le dieron «garrote». Como era un hombre de complexión fuerte y el verdugo no, tardó veinticinco minutos en morir, con las vértebras del cuello descoyuntadas, tras cinco vueltas de tuerca.

Daniel Sueiro entrevistó al verdugo en su libro Los verdugos españoles: «Era un jabato así de alto, 105 kilos pesaba. No paró de beber whisky y fumar; en toda la noche no se quitó la corbata. Llevaba una colonia que debía de valer un dineral. A las cinco oyó misa y comulgó. Sabiendo que iba a morir, se puso los dientes de oro».

Un día de aquellos, paseaba con mi madre por la plaza de Nuestra Señora de París, por Las Salesas y vimos un andamio de obras junto al Palacio de Justicia. Mi madre, siempre decidida, se dirigió a un guardia y le preguntó muy educada: Oiga, ¿es aquí donde van a matar a Jarabo? y el guardia gris y seco, le contestó: no señora.

Artículo publicado el 12 de agosto de 2013 en Diario Progresista.

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