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Recordando al "Che" Guevara y a su hija Hilda

El "Che" Guevara paseando por las calles de La Habana, Cuba, con su esposa Aleida March | 1960. El "Che" Guevara paseando por las calles de La Habana, Cuba, con su esposa Aleida March | 1960.

Estos días, medio de vacaciones, mientras algunos se calientan al sol y otros haciendo penitencia a la luz de la luna, se conmemoran unos acontecimientos ocurridos hace dos mil años, cuando, según cuenta la historia, los romanos, a petición de los judíos, ejecutaron a un tal Jesús, por decir ser hijo de dios. Yo aprovecho en el Madrid vacío, para recordar a Ernesto ‘Che’ Guevara, asesinado por buscar la justicia, y a su hija, «Hildita querida».

Dicho con todos los respetos, soy ateo, no creo en ningún ser sobrehumano, ni sobrenatural, que controle los destinos de los seres vivos ni muertos aquí en la Tierra, ni fuera de ella. Tampoco creo en el castigo ni en la justicia divina. Dicho en otras palabras, no creo en dios, ni en sus actos, ni en sus obras, ni en su historia, ni en su hijo, ni en su madre, ni en ninguna paloma santa, ni en quienes difunden estas ideas. Creo en la lucha obrera, en la lucha ciudadana en defensa de los derechos humanos y creo en todas aquellas personas que viven y han entregado su vida por conseguir la justicia social, la igualdad y la solidaridad entre los pueblos, como hizo Ernesto Guevara de la Serna, nacido en Rosario, Argentina en el año 1928 y asesinado el 9 de octubre de 1967, en el pueblo Boliviano de Higuera, aunque según sus palabras, habiendo nacido en Argentina «soy cubano y también soy argentino, me siento tan patriota de cualquier país de Latinoamérica, como el que más y, en el momento en que fuera necesario, estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie» (Intervención en las Naciones Unidas, 11 de diciembre de 1964). Pero no voy a glosar su figura, ni su papel en la Revolución cubana, ni como guerrillero en las sierras bolivianas, otras plumas lo ha hecho y a ellas me remito.


Tuve la fortuna de mantener una entrañable relación, hasta su muerte, con su hija Hilda Beatriz Guevara Gadea (1956-1995) y entre ron y ron, conversar y escuchar sus recuerdos sobre el padre, que era dirigente y guerrillero revolucionario. Contaba Hildita que el Che, como ella siempre le mencionaba, «era un padre muy preocupado por el bienestar de sus hijos, no en el sentido material, sino de que fuéramos niños alegres, contentos, que disfrutáramos de la vida y a la vez nos formáramos como nuevas personas». Hombre comprensivo, cariñoso y muy juguetón, le gustaba sentarse con sus hijos y mantener «conversaciones en las que siempre había algo educativo al nivel de cada uno de nosotros cinco». El Che quería que sus hijos fueran niños iguales a los demás, con sus ocurrencias, sus travesuras, pero a la vez disciplinados. «Siempre nos inculcó que estudiáramos, que ante todo había que superarse, porque sin conocimiento no se podía hacer nada, por ser la base del dominio de la naturaleza».

Tuve en mis manos la última carta que el Che escribió a su hija mayor el 15 de febrero de 1966; decía así:

«Hildita querida: Hoy te escribo, aunque la carta te llegará bastante después; pero quiero que sepas que me acuerdo de ti y espero que estés pasando tu cumpleaños muy feliz. Ya eres casi una mujer, y no se te puede escribir como a los niños, contándoles boberías o mentiritas. Has de saber que sigo lejos y estaré mucho tiempo alejado de ti, haciendo lo que pueda para luchar contra nuestros enemigos. No es que sea gran cosa pero algo hago, y creo que podrás estar siempre orgullosa de tu padre, como yo lo estoy de ti. Acuérdate que todavía faltan muchos años de lucha, y aun cuando seas mujer tendrás que hacer tu parte en la lucha. Mientras, hay que prepararse, ser muy revolucionaria, que a tu edad quiere decir aprender mucho, lo más posible, y estar siempre lista a apoyar las causas justas… Papá».

También pude leer la carta del Che, que tras su muerte, Fidel Castro le entregó, dirigida a sus queridos hijos:

«Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto: Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre ustedes. Casi no se acordarán de mí y los más chiquitos no recordarán nada. Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro ha sido leal a sus convicciones. Crezcan como buenos revolucionarlos. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la Revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario. Hasta siempre hijitos, espero verlos todavía. Un beso grandote y un abrazo de papá».

Cuando ya barruntaba su muerte, se acordó de sus cinco hijos, para transmitirles su cariño y la leal coherencia entre la acción y la idea sobre la injusticia en el mundo y su afán por superarlo. Reconfortándoles, les mostraba el camino. Nacido en el seno de una familia de clase media, supo abandonar su estilo de vida, para dedicarse plenamente a la lucha por sus ideales y llegar hasta la muerte por defenderlos, convirtiéndose en un «mito» muy real; y en un padre amoroso.

«El camino es largo y lleno de dificultades. A veces, por extraviar la ruta, hay que retroceder; otras, por caminar demasiado aprisa, nos separamos de las masas; en ocasiones por hacerlo lentamente, sentimos el aliento cercano de los que nos pisan los talones. En nuestra ambición de revolucionarios, tratamos de caminar tan aprisa como sea posible, abriendo caminos, pero sabemos que tenemos que nutrirnos de la masa y que ésta solo podrá avanzar más rápido si la alentamos con nuestro ejemplo», escribía en Marcha, Montevideo, 12 de marzo de 1965. La generosidad de Ernesto «Che» Guevara, como la de tantas otras personas dedicadas a la lucha por la igualdad, la justicia social y la solidaridad, son un ejemplo y un modelo a seguir.

«Tu amor revolucionario / te conduce a nueva empresa / donde esperan la firmeza / de tu brazo libertario. / Aquí se queda la clara, / la entrañable transparencia, / de tu querida presencia, / Comandante Che Guevara». Los versos de Carlos Puebla en tu memoria y en la de tu hija Hildita.

Artículo original publicado en cuartopoder.es el 19 de abril de 2014.

(La imagen es una foto de Alberto Korda en Wikipedia en el dominio público).

El autor del artículo, con Hilda Guevara, en La Habana (1992). / Foto cedida por Víctor Arrogante

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