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Mis primeras elecciones. Un recuerdo desapasionado

Hace treinta y siete años, el 15 de junio de 1977, se celebraron en España las primeras elecciones generales en libertad, desde la Segunda República. Muchas expectativas en demanda de democracia y libertad; todo era ilusión y esperanza, con la mirada puesta en un horizonte que dejaba atrás dictadura y represión; un nuevo espacio de justicia, derechos y bienestar se abría. Teníamos el futuro en nuestras manos.

Después del tiempo transcurrido, la nostalgia llena los recuerdos. Es cierto que nada tiene que ver hoy con lo de ayer. Los avances son significativos. Hoy, hasta puedo escribir lo que escribo y digo. Antes del setenta y siete era impensable hacerlo. Nunca se vivió mejor con Franco que ahora se vive, por mucho que lo digan los otros nostálgicos, los de enfrente, con quienes algunos no nos llevamos bien, porque tenemos ideas contrarias e intereses contrapuestos. Representamos a las dos españas, las de siempre enfrentadas; la del progreso frente a la oscura conservadora; la de la igualdad frente a la de los privilegios; la de la justicia social frente a la caciquil conservadora; la de la razón frente a la oscura católica. El 15-J fue un espejismo, un ensueño vivido. La realidad nos ha traído hasta aquí, sobrellevándolo; pero nada es igual.

El resultado de las elecciones fue el que habían previsto los diseñadores del proceso. Se presentaron más de ochenta partidos o agrupaciones electorales. Hubo un 21,17% de abstención y consiguieron escaño doce candidaturas. Ganó Adolfo Suárez, como heredero del régimen, con su UCD (6.310.691 votos y 166 escaños), seguido por el PSOE renovado de Felipe González (5.371.866 / 118). El PCE del eurocomunismo, con Santiago Carrillo a la cabeza, fue la tercera fuerza política (1.709.890 / 19), seguido muy de cerca por la Alianza Popular, de Manuel Fraga (1.504.771 / 16). Con la presencia emocionada de Dolores, La Pasionaria, que por fin pasó, y el Albertí marinero en la presidencia del Congreso de los Diputados, dio comienzo la etapa democrática y sin ser anunciado, se abrió un proceso constituyente, que nos llevó al referéndum del 6 de diciembre y a la proclamación de la Constitución el 28 de diciembre de 1978.

El proceso electoral se desarrolló en un nuevo clima, tras el referéndum celebrado el 15 de diciembre de 1976. Los españoles y españolas en «igualdad y libres» respondimos a la pregunta que nos hacía el propio régimen: «¿Aprueba el Proyecto de Ley para la Reforma Política?». El 94,17% de los votantes dijimos si —el 77,8% de los votos contabilizados, de un censo constituido por 22.644.290 electores—. Fue el «si» de la esperanza democrática. El resultado constituyó la «voladura controlada del régimen» según el profesor Pérez Royo. Significó la aceptación y el comienzo de la Transición a la democracia. El dictador había muerto hacía poco tiempo y el miedo a la represión, la involución y a la guerra estaban presentes. No teníamos desarrollado el sentido de la cultura política. Los acontecimientos se sucedían vertiginosamente, parecía que descontrolados, pero era en apariencia. Salíamos de una dictadura en la que no se permitía pensar, solo obedecer consignas y las nuevas sonaban bien.

Fui testigo y de alguna forma protagonista de la Transición que comenzaba. No puedo arrepentirme de lo que hice convencido, pero visto en perspectiva histórica y con lo vivido y aprendido, hoy soy crítico con los resultados de todo aquello. En su forma fue un pacto desde el franquismo hacia la democracia, aunque no todos los que participaron fueran demócratas. La oposición democrática al régimen no pidió que se dirimieran responsabilidades por los crímenes cometidos, por los derechos pisoteados durante la dictadura, ni por el origen del régimen que terminaba. Los responsables y autores, asesinos, siguieron en la calle formando parte del tejido social y ahí siguen. Sobre esos rescoldos se fundó la democracia y se traicionó a la República.

La Transición fue una ley de punto final: No solo impidió juzgar y castigar a los culpables, autores y defensores de la dictadura y su represión, sino que hoy sigue impidiendo investigar los casos de los miles de desaparecidos y enterrados en las cunetas de nuestros caminos y carreteras. La Transición puso como jefe de Estado a un rey, que hoy abdica en su heredero y que durante veinte años apoyó voluntariamente a Franco que lo nombró como sucesor. Nunca renegó del juramento a los «principios generales del movimiento», ni denunció las penas de muerte que su protector firmó hasta el final de sus días. Fue una reforma sin ruptura, construida sobre el poder franquista intacto. Hubo un gran debate en las alturas sobre «ruptura o reforma», pero al final, quienes defendían la ruptura reformaron y los reformistas retornaron al lugar de donde venían. Si no lo remediamos, con la coronación de Felipe como heredero, se consumará el «atado y bien atado» del dictador. Sin referéndum sobre si monarquía o república, el nuevo rey quedará deslegitimado ante el pueblo.

En el 15-J, la gente, tradicionalmente desinformada, votó como vota casi siempre, a los que más salen en televisión, en la prensa, o más levantan la voz del poder; entonces por quienes provocaban menos miedo. Los partidos políticos, hasta entonces en la clandestinidad, fueron llamados a participar en la Transición y terminaron aceptando lo que nunca habían defendido: la monarquía, la bandera que había ondeado el dictador y las condiciones que impusieron los vencedores de la guerra. Clandestinos y legales, comunistas y socialistas, franquistas y falangistas, fueron amnistiados por los delitos cometidos durante los cuarenta años de Franco. No se pidieron responsabilidades ni investigación por los muertos del franquismo, ni por los presos ni represaliados ni por los condenados a trabajos forzados y desaparecidos por decenas de miles. Ningún programa electoral prometió derribar lo que el franquismo había construido.

En el proceso hacia la democracia la Agencia Central de Inteligencia «CIA» estuvo cerca. Podríamos afirmar que la Transición se diseñó en un despacho desde Langley, dice Alfredo Grimaldos en su libro, Claves de la Transición 1973-1986, para adultos. La Transición fue la «metáfora de un interrogatorio policial» donde fueron los propios franquistas quienes diseñaron el cambio y se repartieron los papeles, en la obra que ellos mismos dirigían. La imagen oficial de este periodo se ha construido «sobre el silencio, la ocultación, el olvido y la falsificación del pasado». Hoy conocemos, como el entonces sucesor de Franco, Juan Carlos, se hizo confidente de la Casa Blanca y se convirtió en su gran apuesta para controlar España. Siguen en ello.

Mucho ha cambiado la sociedad desde aquel 15-J. Ni todo ha estado mal hecho, ni todo ha sido una maravilla. El pasado es la historia, el futuro no existe y el presente es efímero y cruel para los más desfavorecidos socialmente. El Sistema actual, respetó las ruinas del franquismo y se construyó sobre la dictadura y sus miserias. Algunos dicen que lo sucedido pertenece a un capítulo de la historia que no hay que recordar. Para ellos es mejor el olvido. Demasiados errores hemos cometido pensando en el futuro. Ahora toca hacerlo bien y para no caer en los mismos errores, es necesario abrir un Proceso Constituyente, mediante un referéndum, que rompa ataduras con ese pasado que algunos recordamos desapasionadamente y otros muchos quieren conocer.

Fuente: Artículo del 15 de junio de 2013 en Diario Progresista.

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