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Las 17 puñaladas

Las 17 puñaladas

El año pasado por estas fechas, publiqué algunas historias, sobre crímenes ocurridos en Madrid, crímenes en los que participé; bueno, bueno, quiero decir, crímenes que se cometieron en lugares frecuentados por mí, en mi barrio y por personas que de una u otra forma conocía.

Hoy ya no es lo que era. En otros tiempos, por los años cincuenta y sesenta, cuando se cometía un crimen, Madrid se conmocionaba. Había tirada especial de los periódicos matutinos —ABC, Ya o la Hoja del Lunes— y de los vespertinos ¡Informaciones, Pueblo, Madrid!, que voceaban los repartidores en a boca del Metro.

Recuerdo el «caso Morris» o «caso de los cuatro asesinatos» o «crimen de Jarabo», que ocurrió en la calle López de Rueda y Alcalde Sainz de Baranda, enfrente de donde vivía mi compañero de colegio Emilio. También el «crimen del baúl», en la calle Hermosilla, cerca del Paseo de Ronda (hoy Doctor Esquerdo), que yo frecuentaba con mi madre, pues allí vivía otro compañero. Incluso publiqué el inventado de «la muerte de un torero». Hoy recuerdo otro que si se cometió.

Los arrabales del barrio de Salamanca, en donde nací, lindan con el de Ventas, por el Paseo de Ronda. Unos cientos de metros más al este, saltando el arrollo Abroñigal y escalando la carretera de Aragón, se llega a San Blas, barrio obrero, construido a principio de los años sesenta, hoy protagonista de esta historia. El Abroñigal, que de río pasó ha llamarse avenida de la Paz, de los 25 años, y hoy Calle 30, siempre ha sido una frontera social y económica; yo diría que hasta política. Yo he vivido en sus dos lindes.

Corriendo el mes de agosto, del treinta año triunfal de la España «invicta» —año 1969 de nuestra era—, tras haber sido cautivo y desarmado el Ejército Rojo y alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares en 1939, todavía se dejaban notar las represalias, por el gran número de encarcelados y por la miseria de sus familias. En un descampado del barrio de San Blas, cerca del ambulatorio medico de García Noblejas, se cometió un crimen pasional. Un hombre había matado a su amante, otro hombre, de 17 puñaladas. Los celos, le habían hecho perder la cabeza: «quería abandonarme», dijo, y lo asesinó, con premeditación, alevosía, nocturnidad y ensañamiento.

El asesino convicto y confeso, era hermano de una amiga de mi madre, por lo que la historia la viví, como si hubiera sido testigo de los hechos, ¡otro asesinato en mi entorno! El asesino estaba casado —parece ser que no tan feliz como se apreciaba— y tenía dos hijas de corta edad. Era propietario de un puesto de frutas y verduras en el mercado de la Cebada de Madrid y algunos días, acudía a ayudar a su cuñado, propietario de un bar en Sancho Dávila, cerca de la Plaza de toros de Las Ventas.

Un domingo, tras la corrida de toros, se presentó en el bar Francisco Fernández Fontecha, con el fin de esperar a que Gregorio García Gámez terminara su jornada de trabajo y salir a tomar algo juntos. Sobre las 21:00 horas Gregorio dio por terminado su trabajo y se despidió de su cuñado, el dueño del bar. Aprovechando un descuido de todos, Gregorio se apoderó de un cuchillo de cocina de grandes dimensiones y lo ocultó en la chaqueta. No parece que llevara buenas intenciones.

Ambos hombres, Gregorio y Francisco, Francisco y Gregorio, eran considerados amantes ocasionales, aunque Gregorio tenía a Francisco como de su propiedad. No consentía la separación que Francisco le había anunciado unos días antes. Con ánimo de hablar y aclarar sus diferencias, se dirigieron en el autobús de la EMT, línea 28, hasta el final de la calle García Noblejas, donde se apearon y se dirigieron al descampado que había cerca del ambulatorio médico. Allí se produjo una discusión, parece ser que acalorada. Francisco insistió en que quería dejar la relación amorosa. Gregorio no lo consintió: «o eres mío o de nadie», llegó a decir.

Según quedó probado en el juicio, Gregorio no aceptó que Francisco lo abandonara, y tras una fuerte discusión, «preso de locura», sacó el cuchillo que ocultaba de forma premeditada y empezó a acuchillarle, contándose hasta 17 puñaladas en el fallecido. Había perdido la razón. Tres de las puñaladas fueron mortales de necesidad. El amante quedó tendido sin vida en el suelo del descampado. Y el amado despechado, presa de una gran excitación, se dirigió al bar propiedad de su hermana Cloti, en la calle José Luis de Arrese en el barrio de La Elipa. Una vez allí, dijo algo así como: he matado a un hombre y comenzó a sollozar sin consuelo.

Tras un primer desconcierto, llamaron a la policía, y denunciaron los hechos. Miembros de la Brigada de Investigación Criminal, se personaron en el bar, procediendo a la detención de Gregorio. Se encontró el cadáver, dijeron que «sin vida», donde el asesino había indicado, junto con el arma asesina. Los celos del amor, la obcecación y el machismo posesivo pudieron con todo. Lo que entonces fue un crimen pasional, hoy es un acto de terrorismo machista, siempre injustificable, contra la libertad de relación.

—Diga usted si es cierto —le preguntó el representante del ministerio público—, qué el día tantos de tantos de mil novecientos tantos, en la más absoluta oscuridad, en un descampado, en el barrio de San Blas, al que acudió de forma premeditada, y tras una acalorada discusión, sacó el cuchillo que llevaba oculto y le asestó a Francisco hasta 17 puñaladas, con la intención de producirle la muerte.

—Si —Dijo el acusado—

—No tengo más preguntas señoría.

El criminal, con algunos atenuantes apreciados, fue condenado a quince años y un día de prisión, de los que cumplió algo más de siete. No volvió al puesto del mercado de La Cebada, pero si mantuvo relación con su familia, especialmente con sus hijas y hermanos, quienes le estuvieron visitando durante la condena en la cárcel de Carabanchel. Su mujer nunca le perdonó el engaño y no volvió a tener relación con él.

Años después, un día 24 de septiembre, día de la Merced, patrona de los presos, organizado por la Dirección General de Instituciones Penitenciarias, en la cárcel de Carabanchel, participé en un festival de variedades. Junto con cantantes, cómicos y bailarinas, yo, mago-ilusionista, presenté mi número de fantasía. Después de actuar, un preso, con el permiso de los funcionarios, se dirigió a mí, muy educado y me preguntó:

—¿Eres Víctor, el hijo de la señora Felisa?; soy Gregorio, el hermano de Cloti.

(La imagen es una foto de Tonymadrid Photography en fickr bajo licencia Creative Commons).

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