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Un día en el Manzanares

El Manzanares | Foto de Víctor Arrogante El Manzanares | Foto de Víctor Arrogante

!Qué recuerdos! Durante el verano, siempre llegaba el día que íbamos de excursión al río Manzanares, a su paso por El Pardo, junto al puente. En otras ocasiones al Guadarrama en Torrelodones. Día de excursión, día de río. Sesenta años hará de este recuerdo. Me ha venido a la memoria, porque el otro día, mis hijos, se fueron a pasar el día al pantano de Navaluenga y les vi preparar la merienda. Que nada falte, que el día será alegre, pero largo.

Todo empezaba varios días antes, cuando mi padre nos anunciaba a mi hermana y a mí la excursión y quedábamos con otras familias vecinas. Nos juntábamos un regimiento entre padres, madres, algunos abuelos, tías y niños, muchos niños y niñas. Casi no dormíamos desde que conocíamos la noticia. El domingo iríamos al río Manzanares. Tres días antes, las madres se juntaban, para decidir la comida que llevaría cada cual y acudir al mercado de Torrijos para comprar los avituallamientos necesarios. Yo siempre acompañaba a mi madre. En la pescadería, me regalaban un cangrejo, de los negros, que como juguete vivo, me duraba un par de días en el vivero de una caja de zapatos.

El sábado todo eran preparativos. Había que buscar las tarteras, que luego serían «fiambreras» y ahora han pasado a ser «tupperware»; las bolsas, bañadores, gorritos para el sol y preparar el aceite protector a falta de cremas. Ya conocen ustedes como era aquello: aceite de oliva, vinagre y sal, en justas dosis, bien movido y en una botellita o frasquito de los del jarabe. Quien tuviera, la cámara de un neumático viejo, negro brillante, que haría las veces de «salvavidas».

El domingo, madrugón. Las madres a preparar la comida: tortilla de patatas, filetes empanados y ensalada, de postre melón o sandía, que pasarían el día a la fresca, en el agua, junto al vino y la gaseosa, testigos de nuestros baños. Los padres organizando sus cosas y las criaturas, todavía con las legañas del sueño, con la ilusión del día. Todo preparado y el sol ya calentando, nos juntábamos con el resto de la expedición en la esquina de la lechería de Carmen. ¿Estamos todos?, ¡veinticinco! pues al Metro. Desde la estación de Goya hasta Argüelles, donde en Moncloa, junto al entonces Ministerio del Aire —antigua cárcel modelo—, tomaríamos las «camionetas» que nos llevarían a El Pardo. Un regimiento de familias se agolpaba en la «cola». Algunos conatos de coladura, para adelantar puestos, gritos impidiéndolo, risas y palabras de aliento.

Todo no podía salir bien. Algunos, como yo, nos mareábamos en los coches y en el autobús para no ser menos. Los siete kilómetros de recorrido podían ser los peores de una travesía, como si fuéramos de safari a los pies del Kilimanjaro. Muchedumbre en el autobús, gente de pie, sentados hasta en las ventanillas, no me extraña que alguno fuera en lo alto del techo, como en las «guaguas» de las Antillas. Todo por llegar los primeros y escoger el mejor árbol, de mejor sombra junto al río. Si había que pelear por ello, se peleaba. ¡Menudos éramos!

La camioneta nos dejaba junto al palacio, que fue residencia de los reyes de España hasta Alfonso XIII y luego del dictador desde 1940. Durante la guerra había sido cuartel general de una división del ejército republicano. Este domingo, Franco andaría en San Sebastián o en el Pazo de Meirás; pero la «guardia mora», con sus turbantes, lanzas y a caballo, custodiaba el recinto, desde donde el dictador, hoy lo se y me estremezco, firmaba sentencias de muerte a mansalva y dirigía la represalia de los vencedores contra los vencidos, de una guerra canalla que el mismos había provocado.

De la mano de mi padre, que hablaba con los hombres de sus cosas, en voz queda, yo no entendía nada. Posiblemente recordaban sus andanzas por los andurriales de El Pardo, que estuvo ligado a la guerra y más concretamente a las batallas de Madrid y de la carretera de la Coruña (noviembre-diciembre de 1936 y enero de 1937). En el Monte de El Pardo, estuvo desplegado el ejército republicano, que lo fortificó con trincheras, búnker, refugios y minas, para evitar los ataques enemigos que pretendían tomar Madrid. En el edificio contiguo al palacio, hoy cuartel de la guardia real, se alojaron los miembros de la XII Brigada Internacional. Cuando el coronel Casado, dio el golpe de estado contra el gobierno de la República presidido por Juan Negrín (febrero-marzo de 1939), varias unidades comunistas, tras días de lucha por el centro de Madrid, se replegaron en el palacio de El Pardo. Disculpen la disquisición, pero no he tenido por más que hacer memoria de lo que hoy conozco.

Caminando hasta el río, una caravana de domingueros, más parecida a la de cabreros y vaqueros trashumantes, que cruzaban la sierra de Gredos, por el puerto de Candeleda cada temporada, por la cantidad de cachivaches que llevábamos encima, no faltaban ni los cencerros. Cruzamos el puente, porque en la orilla derecha daba más sombra por la tarde. Los rastreadores comenzaron la búsqueda del árbol de la vida, que nos daría la vida con su sombra, en un día de calor, a 35 grados de los de antes a la sombra, que podría llegar a ser insoportable, salvo por el frescor del agua en los pies a cada rato.

Se levantó el campamento en un santiamén: mantas extendidas en el suelo, sábanas colgadas de los árboles para aumentar la sombra, la comida a resguardo y la bebida ahogada. Los más intrépidos al agua, otros no entrábamos ni con salvavidas. Todos untados, cual ensalada, con el aceite de alivio, que pronto nos pondría como tomates. Gritos, risas, ahogadillas y salpicaduras de agua tibia, que había sido fría, en su andadura desde su nacimiento en la sierra de Guadarrama, en el Ventisquero de la Condesa, a 2010 metros de altura y hasta desembocar en el Jarama.

Precisamente aquel domingo, en el «Jarama» (1955), ocurrió una tragedia. Lo cuenta Sánchez Ferlosio en su novela. Unos jóvenes excursionistas de Madrid, se instalan en una arboleda a la orilla del río. Mientras, en la «Venta de Mauricio», en el medieval Puente-Viveros, los habituales parroquianos beben, discuten y juegan a las cartas. Ferlosio relata los hechos alocados, extrovertidos e irresponsables de la juventud en un día de fiesta. Durante dieciséis horas se suceden los baños, la paella y los primeros escarceos amorosos. Por la imprudencia del más lanzado, el alcohol de la tarde y la «maldad del río», muere ahogada «Luci». Con la guardia civil y el juez de guardia, termina la historia triste de un domingo. Vuelta a casa, penas y «melancolías rotas».

En el Manzanares, comida, siesta y larga digestión, antes de volver a los juegos en el río. La tarde avanza, las sombras se echan y se deja sentir el frescor de la sierra. Hay que recoger la tienda, ahora cansinos, con los escozores provocados por el sol y el cansancio del día. Hay que volver a tomar la camioneta, esperar las colas y soportar el bullicio, ahora venido a menos. Sentado en el regazo de mi madre me quedo dormido.

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