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El alcalde, el turismo y la limpieza

Corría 1982 por estas fechas del año, cuando el entonces alcalde de Madrid Don Enrique Tierno Galván, en uno de sus habituales bandos, venía a disertar sobre el vocablo turismo y la feria sobre el mismo que se celebraba. Aprovechaba para solicitar del vecindario y de las tiendas y compañías de comercio, que se abstuviesen de manchar fachadas de los edificios y de ensuciar las vías públicas, pues la limpieza era conveniente para el «lustre, prestigio y ornato de esta Villa».

Todo esto viene a cuento, porque en Madrid se ha celebrando, como todos los años desde hace treinta y cuatro, la Feria Internacional de Turismo (FITUR); y también por estas fechas —el 19 de enero de 1986— fallecía el mejor alcalde que Madrid ha tenido. «La muerte en sí misma no es nada, es la vida la que acaba... la muerte no implica vitalidad alguna, llega y se acaba» y él como llegó se fue; ligero de equipaje, porque mucho dejó entre nosotros, entre todo, sus bandos a los «madrileños».

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Llegó el 14 con la España neutral

Comenzaba el siglo XX, ¡hace cien años!, y con él una ola de conflictos entre la naciones del mundo. Como siempre, el ser humano, guerrero por naturaleza, dirimió las diferencias, intereses e identidades a golpe de guerra —mundial—. Sus consecuencias se han dejado sentir hasta nuestros días. España ordenó «la más estricta neutralidad a los súbditos españoles con arreglo a las leyes vigentes y a los principios del Derecho Público Internacional»; todo por pura impotencia.

En el ámbito internacional, el desarrollo industrial y la competencia entre las potencias coloniales, generaban tensiones y rivalidades continuas, que junto con el nacionalismo y la defensa de sus señas de identidad, fueron las causas principales de la primera gran guerra. La olla estaba hirviendo y tuvo que llegar un estudiante serbio, asesinando al heredero del trono de Austria en Sarajevo, para que todo estallase.

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La gasolina en polvo y el motor de agua

Malos tiempos corrían para la mayoría de los españoles en aquellos años de posguerra. Muerte, cárcel, hambre, frío y sufrimiento. Mientras, otros organizaban el nuevo estado, sustentado en la victoria guerrera y la represión política. Junto con la penuria económica, también había pocas luces. Y en éstas estábamos, cuando a Franco se le apareció la virgen, como hoy a Báñez, en forma de patente, que convertiría el agua en el combustible que tanto faltaba.

En 1940 llegó a la corte —sin rey— Albert Elder von Filek, un pintoresco exiliado austriaco, tras la derrota del Imperio Central en la Primera Guerra Mundial, simpatizante de Franco por su victoria contra el comunismo. Decía poseer una fórmula secreta que cambiaría el mundo, por lo que estaba siendo perseguido por las empresas del petróleo. Había descubierto la fórmula secreta de la gasolina sin petróleo. A cambio de que el régimen de Franco le protegiera, le ofrecía su fórmula mágica en exclusiva, Todos quedaron entusiasmados y el primero el general. La nueva España, hambrienta, que se enfrentaba a un entorno sin recursos y sin industria, iba a ser capaz de convertir el agua en gasolina, que sacaría a España de la miseria. Perfecto caldo de cultivo para el ingenio y los audaces, también para estafadores, corruptos y tiranos.

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