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Perdiendo el trono

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El rey ha cumplido 75 años; que buena edad para retirarse. La Casa Real intenta blanquear su imagen con escasos resultados. El último intento ha sido con el publirreportaje de TVE, cual NODO de otras épocas. Con palabras altisonantes, el rey se aleja de la gente. Pocos creen en sus palabras, ni en sus herederos, ni en su familia. Quieren aparentar ser una familia «normal» y no lo consiguen porque no lo son. Viven en las alturas a costa de los españoles, cuya mayoría difícilmente puede sobrevivir.

Juan Carlos I de España, heredó del franquismo el trono; poco había hecho hasta entonces para conseguirlo. Juró ante los «santos evangelios» fidelidad a los principios del movimiento nacional, que inspiraban al régimen de Franco. No cumplió su juramento. Para unos fue un traidor, para la mayoría, quien facilitaba el tránsito a la democracia. Se terminó la dictadura, se aprobó la Constitución, pero no se resolvieron los problemas históricos de España, que han sido fuente permanente de conflictos: el territorio y las señas de identidad, la separación real y efectiva de la iglesia católica del Estado y la república por monarquía.

La monarquía, que es un símbolo, está muy alejada de los principios constitucionales de igualdad ante la ley y de igualdad de oportunidades. El acceso a la Jefatura del Estado, como a cualquier otro órgano de representación, no puede tener carácter hereditario, sino sometido a la libre y democrática elección ciudadana. La monarquía, heredera del régimen de Franco, cumplió su papel durante la Transición a la democracia; pero transcurridos treinta y siete años, no tiene razón de ser, ni que la persona del rey sea inviolable, ni que quede exenta de responsabilidad. Habría que abrir un proceso Constituyente, con debate público y el máximo apoyo político y social; aunque no creo que esté el horno para ese bollo.

El tiempo pasa y la popularidad del rey decae; no se puede vivir siempre, ni de herencias recibidas, ni de rentas políticas del pasado. En un sistema democrático, como el que la Constitución establece, no deberían caber privilegios hacia personas, familias, o castas. La transparencia debería ser un principio de actuación y administración ineludible. La opacidad y la irresponsabilidad son constantes en el rey, en su persona y en su casa real.

El pasado año ha sido horrible para la monarquía. El caso Urdangarín, con la imputación del yerno del rey por supuestos delitos de corrupción, la caza de elefantes en Botsuana, y los supuestos amoríos, han sido acontecimientos que han deteriorado aún más la imagen del rey y de la monarquía. En su descargo, el rey, inauditamente, pidió perdón por sus cacerías: «Lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir». No se si ha tranquilizado a los elefantes. Con todo y con ello, la popularidad real está por los suelos. Si hace un año, más de tres cuartas partes de los españoles (76,4%), creían que el balance de su reinado es «bueno» o «muy bueno», hoy solo piensa así el 50,1%, la mitad de los encuestados por el instituto Sigma Dos para El Mundo. Hoy son más los que quieren que abdique, que los que le apoyan.

El apoyo a la monarquía cae a un mínimo histórico (54%). El 57,8% de los jóvenes de entre 18 y 29 años considera que este tipo de régimen no es el más adecuado como forma política para España. Esta franja de jóvenes «no vivió la transición, ni la conoce y tampoco siente un gran interés por ella». El Rey está multiplicando sus esfuerzos para contrarrestar los efectos de los escándalos y no lo está consiguiendo. Deberían pensar en otras soluciones más drásticas, y no me refiero precisamente a la abdicación en favor de su hijo, sino en otro modelo institucional.

Dijo el rey en la citada entrevista televisiva, refiriéndose al príncipe y presunto heredero, como buen padre, que es una «bendición del cielo«, que es el príncipe de Asturias mejor preparado de toda la historia de la monárquica y que tiene «honestidad intelectual». Por la sangre que corre por sus venas, dudamos si tiene sensibilidad para defender la igualdad ante la ley, y la igualdad de oportunidades en el acceso a cargos, bienes y servicios, así como defender a los que poco tienen, la justicia social o la solidaridad. Veremos que resulta; pero el pueblo debería evitar su ascensión al trono, por salud democrática. El 40% de los jóvenes rechaza la sucesión. Nunca va a ser el rey de todos los españoles.

Hace unos meses, el diputado de ERC Joan Tardà, presentó en el Congreso de los Diputados una serie de preguntas al gobierno: ¿Qué asignación recibe el príncipe, las infantas Cristina y Elena y el resto de la familia? ¿Qué tipo de declaración de Hacienda hace la familia real? ¿Qué miembros de la casa real reciben sueldo público y quienes además cobran sueldos al margen de los presupuestos; por qué no se hacen públicos? ¿Se conocen los ingresos de la familia real que no están en los Presupuestos? ¿Se sabe la fortuna personal del rey? ¿Se controla lo que saca e introduce el rey en España por valija diplomática? ¿Qué donaciones reciben, cuáles van a Patrimonio Nacional y cuáles a su fortuna personal; hay registro de las donaciones? ¿Por qué los sueldos, bienes, ingresos y gastos no se hacen públicos; se fiscalizan? Preguntas a las que nadie respondió. El rey dice sentirse afortunado «por haber hecho lo que ha hecho». Afortunado si tiene que sentirse, aunque no sabemos a cuanto monta su fortuna, ni donde la tiene, ni su procedencia.

Los privilegios que los componentes de la familia real ostentan, son un agravio comparativo hacia el resto de la ciudadanía. Es una flagrante injusticia. Se ha creado una casta familiar, que se encuentra por encima de la ley, que no rinde cuentas, ni económicas, ni fiscales, ni políticas y penales está por ver. El solo hecho de haber nacido en una «familia real» u ostentar el apellido Borbón, les hace poseedores del gozo y de los mayores privilegios económicos y sociales. Hemos creado una sociedad desigual desde arriba, con privilegios para unos pocos, por el mero hecho de nacer en cuna de oro, en detrimento de la mayoría, que somos muchos.

La monarquía española está tocada. A la dudosa legitimidad de su origen, se une el abandono popular; la campechanía ya no vende. La sociedad se enfrenta a enormes dificultades para sobrevivir día a día, y no se comprende por qué una familia puede acumular poder y privilegios sin méritos conocido. El Rey, que ganó durante la transición prestigio y popularidad, hoy debe renovarse y abdicar, dando paso a la formación de un estado democrático, federal, laico y republicano.

Soy republicano por convicción y principios, aunque no creo que se terminen los males de España por instaurar una república. El nuevo modelo debe ser políticamente abierto, participativo y por tanto democrático; un modelo en el que la ciudadanía sea crítica y responsable; sustentado por principios y valores de libertad, igualdad y justicia social; y que éstos sean blindados por la Constitución, para evitar que los gobiernos de turno, ataquen los fundamentos del propio Estado. En esta estructura no cabe la monarquía, que es antidemocrática por naturaleza, opaca por convicción, alejada de las necesidades de la gente y de los intereses reales del pueblo llano. En el modelo social y político que anhelo, la monarquía perdería el trono.

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